Guillermo José Whaite UnceínHa pasado casi un mes desde que mi hijo dejó esta vida. Cada día que pasa me hago miles de preguntas, buscando respuestas que expliquen, no solo lo sucedido, sino lo que a diario, me sucede. El dolor es como un mar que se acerca a la playa y cubre la arena. Se retira y repite; y repite; y repite… algo sin fin. En ocasiones siento como el manto del dolor me cubre y entumece mis sentidos. Oigo las cosas a los lejos. La vista se me pierde en la lontananza, buscando recuerdos. Mi mente se siente tullida. Mi cuerpo funciona a media marcha y la debilidad física pesa sobre los hombros, desde que amanece hasta el siguiente amanecer.

Uno, diez, un millón de por qué acuden a mi mente cada día, atropellando y sacando  cualquier otro pensamiento no relacionado con mi hijo Guillermo José, que ya no está con nosotros y su partida nos tomó por sorpresa a todos. Cada vez que retomo mis pensamientos ordinarios de la vida, miles de qué pude haber hecho y no hice, para que su muerte no ocurriera. Es el dolor que me habla, me aturde, me envuelve y me aprieta, ahogándome poco a poco.

Pero la vida es un ciclo que hay que cumplir. Lo que está predestinado, será. Hay que aceptarlo y continuar viviendo. Todos los días me digo que debo encontrar algo por lo que sonreír, por lo que sentir alegría de vivir nuevamente y me permita sacudirme el manto opresor del dolor de manera que pueda reencontrarme con mi vida diaria y poder disfrutar el amor de los hijos que aun me quedan.

Y allí, en la vida diaria, encuentro que todo sigue, todo continúa, nada se detiene para quienes sobrevivimos a nuestros seres queridos que de una u otra forma, se marcharon a abrir brechas y ser baquianos para guiarnos cuando sea nuestro turno de enfrentar el destino. Los perros de la casa me hacen reír un poco cada día, los pericos y loros que cada tarde sobrevuelan  por sobre mi casa, alborotando con sus gritos; un niño cualquiera que me mira mientras camino triste y su alegre sonrisa permite que una tímida mueca aflore en mis labios. Lo que he descubierto es que cada vez que logro sonreír y apreciar la vida, tengo una herramienta para tolerar el dolor de la pérdida y retomar mi vida. Porque aunque la vida se detuvo para Guillermo, aun continua para los demás.

El famoso compositor y guitarrista, Eric Clapton compuso una canción para su pequeño hijo que falleció en un infortunado accidente en Londres, el 20 de marzo de 1991. Lágrimas en el cielo. Les invito a escucharla y recordar un poco a  Guillermo que nos dejó demasiado joven.