Atardecer  en el Orinoco
Atardecer en el Orinoco

Vivía entonces, en Ciudad Bolívar. La gloriosa Angostura, donde el Libertador Simón Bolívar, vio nacer la Tercera república. Me gustaba contemplar los atarcederes desde el mirador cerca de la Casa de las doce ventanas. Desde allí, encaramado en una piegra grande, se podía apreciar el majestuoso Orinoco y el astro rey, Sol, hundiéndose en el río padre detrás del puente de Angostura.
La explosión de colores en el cielo, me hacía recordar un poco a aquellas locas experiencias psicotomiméticas que organizaba el famoso Capi Donzela en la Caracas de finales de la década 60 del siglo pasado. Ese era el paisaje que podía disfrutar, a apenas cinco minutos en carro, desde mi oficina o casa.

Conocí la biblioteca Bolivariana y me empeciné en escribir un cuento histórico y tomé como tema, nada menos y nada más, que el fusilamiento de Manuel Piar. Fue un proyecto de varios meses de investigación de sólo una tarde a la semana; más o menos tres horas cada día. Tres meses me llevó, en medio de tanta historia maravillosa. La gesta independentista. El cuento fue publicado en el vespertino La Tarde de Ciudad Bolívar y luego en Aporrea, bajo el título:

Una quimera: el fusilamiento de Manuel Piar

“Nada quedaba que desear a un jefe que había obtenido los grados más eminentes de la milicia. La Segunda Autoridad de la República, que se hallaba vacante, de hecho, por la disidencia del General Mariño, iba a serle confiada, antes de su rebelión; pero este general que sólo aspiraba al mando supremo, formó un designio más atroz que puede concebir un alma perversa. No sólo la guerra, sino la anarquía y el sacrificio más inhumano de sus propios compañeros y hermanos, se había propuesto Piar”.
Simón Bolívar, Angostura, 18 de octubre de 1817. 

Bolívar se paseaba incesantemente por la estancia que ocupaba, esperando la hora de la ejecución de Piar. La suma de los acontecimientos recientes le habían afectado más allá de lo normal. Sus tacones golpeaban con fuerza la madera del piso, retumbando sus pasos en las paredes y techo de la habitación. Pasaban raudos por su mente, los recuerdos de la batalla de Cabrián, que comenzó con el sitio de Angostura por parte de los Generales Bermúdez y Cedeño; mientras que Guayana la Vieja se enfrentaba a Valdez, Arrioja, Blanco, Pedro León Torres y otros bajo su mando.

Manuel Carlos Piar
Manuel Carlos Piar

Piar había rechazado el nombramiento como Segundo Jefe de la República, por lo que no participaba en esta campaña, y se había retirado a las misiones, como inspector, a esperar las noticias de la derrota que él, esperaba Bolívar sufriría.
Bolívar se detuvo en medio de la estancia, sintiendo el opresor silencio que le rodeaba. Un ambiente cálido y húmedo lo cubría todo como una manta. En la calle apenas se escuchaba el paso de alguno que otro carruaje y el marcado caminar de los soldados que marchaban por la plaza Angostura, en espera del fusilamiento del general Manuel Piar.
Iniciando, otra vez, su inquieto caminar, el futuro Libertador pensaba acerca de los sacrificios, tanto humanos como materiales, por los que las tropas y la población habían pasado, para concluir la construcción de los fuertes alrededor de la ensenada de Cabrián, con la intención de proteger los buques que comandaría el Almirante Luis Brión, durante el asalto a Guayana.
Mientras, se preparaba la campaña de Angostura, el general Piar al ver que Bolívar seguía al mando absoluto de las tropas; y, que continuaba manejando las acciones de la República, decidió comenzar una campaña por su cuenta en la cual se colocaba a sí mismo, como un mártir explotado por los mantuanos, en beneficio de la República. No lograba su mente enferma comprender el futuro que le esperaba al lado de Bolívar, a pesar que este le había ofrecido varias veces el cargo como Segundo Jefe, y lo había rechazado. Aún durante el mes de julio de 1817, continuaba trabajando activamente en su plan, sembrando la semilla de la sedición entre sus compañeros.

Simón Bolívar
Simón Bolívar

“Maldición”, gruñó Bolívar para sí, lanzando un fuerte puñetazo a la mesa sobre la que se encontraba un grueso cartapacio, que contenía todos los documentos recabados para y durante el Concejo de Guerra contra el general Manuel Piar. “¿Por qué, compañero de armas y amigo?” -pensó Bolívar- “¿por qué tuvisteis que alejarte del camino de la gloria? ¿Qué querías que la República no te ofreciera?” Con gesto de cólera, Bolívar alzó su brazo derecho para asestar otro golpe a la mesa, con tanta fuerza, que sonó como un trueno dentro del recinto.
El segundo día de agosto de 1817, los buques comandados por el Almirante Luis Brión se adentraban en el Orinoco, buscando la flota española, 34 naves con 1.436 soldados, que emprendían la retirada de Angostura, ante el inminente asalto a la ciudad por parte de Bolívar y sus tropas: la marina y la infantería.
Como de costumbre, la excelente planificación estratégica de Bolívar, los llevaba por un camino seguro hacia la victoria. Los fuertes construidos en la ensenada de Cabrián, cumplieron con su cometido al proteger los barcos patriotas y colaborar atacando a la escuadra española.
Los marineros y artilleros de Brión no permitieron que los realistas pasaran indemnes río abajo. Al final de la batalla, Brión perseguía y acababa con los navíos españoles de los cuales escaparon tan solo un par de ellos.
La batalla se desarrollaba simultáneamente en el río y por tierra, donde las tropas comandadas por Bolívar libraban victoriosas escaramuzas a lo largo de la ribera sur del Orinoco; frente a la isla Tórtola, en Sacupana e Imataca. Al concluir la batalla, los patriotas tenían en su haber un total de 1.731 prisioneros entre soldados y civiles.
Durante el mes de julio, Piar salía de Guayana, en dirección hacia Maturín, tratando de conseguir para su aventura, el apoyo de antiguos camaradas de armas. Se vio obligado a continuar, al no recibir la solidaridad esperada, hacia Cumanacoa; donde sus esfuerzos por conseguir la ayuda económica y militar de los hombres que conocía y pensaba eran sus amigos, se vinieron al suelo.
La lealtad de los generales de Bolívar era grande. Ya todos a quienes Piar intentaba convertir a su causa, habían enviado misivas a Bolívar, poniéndolo en antecedentes acerca de la actitud del general Piar.

Celda de Piar
Celda de Piar

Bolívar había pasado parte de la tarde encerrado en su despacho, cavilando. Deseaba que el día terminara pronto, para así finalizar con este desagradable asunto de la ejecución de Piar. Un Bolívar cansado, con ojeras profundas y la frente surcada por la angustia, se sentó ante su mesa de trabajo y, levantando el pesado cartapacio en el que se encontraban las pruebas de la traición de Piar, lo abrió. Había leído y releído incontables veces, todos los documentos que se habían recopilado antes y durante el Concejo de Guerra contra el general Manuel Piar.
Tomó entre sus manos una carta del general Juan Francisco Salazar fechada el 20 de julio de 1817. Su mirada fue directamente a un párrafo que sabía de memoria, de tanto leerlo. Aun así, repasó cuidadosamente su contenido, buscando un odio o envidia hacia el general Piar, totalmente inexistente. Salazar escribía así: “Este general, después de haberme hecho las más sinceras demostraciones de amistad me habló de este modo: ‘he sido elevado a general en Jefe por mi espada y mi fortuna, pero soy mulato y no debo gobernar en la República'”.
Estas palabras herían profundamente a Bolívar, por cuanto él había depositado su confianza absoluta en las capacidades de Piar. Había aceptado a Piar como el más capaz de sus compatriotas y hermanos, sin tomar en cuanta para nada el color de su piel. Esta era una guerra que se ganaba luchando con ejércitos y voluntad, no con los colores externos de los cuerpos humanos.
Bolívar hurgó entre los papeles y colocó frente a sus ojos una carta que le enviara el general José Francisco Bermúdez el 26 de julio. Allí leyó algunas palabras en las que Bermúdez exponía su más cruda opinión en contra de las actividades de Piar. “La libertad de la República es preferible al disimulo pernicioso que pueda hacérsele a este hombre perverso y los que traten de imitarlo”.

A continuación, Bolívar tomó la comunicación que le hiciera llegar el general Manuel Cedeño el 26 de julio y al releerlo, la aguda espina de la traición penetró más profundamente en su corazón. “Estamos acompañados de hombres que distinguen el bien y el mal, y conocen la ruina que quiere Piar elevar en Venezuela para divertirse en la desgracia”.
No podía Bolívar sino pensar que, bien pudieran haber orquestado los enemigos de Piar, una gran intriga en contra del general, pero entonces leyó por enésima vez, la misiva que le enviara desde, Maturín, Andrés Rojas. En esta carta Rojas informaba a Bolívar de las actuaciones de Piar en Maturín: “al fin resolvió el general Mariño poner en ejecución sus proyectos de hostilidad contra Maturín. El 17 del corriente se presentó unido con Piar a las orillas…”
“Basta” -se dijo Bolívar- “no debo pensar que le hago un daño a la nación, al confirmar la sentencia de muerte de Piar. Después de todo, los intereses de la patria deben ocupar un sitial preferencial, por encima de nuestros intereses personales. La lealtad recibe como recompensa el agradecimiento eterno de la nación. La traición, sólo merece la muerte.
La cara de Bolívar era una feroz mueca que dejaba ver las rabia que sentía al saber de hombres en quienes depositó su confianza y le pagaron con insubordinación, sedición, deserción y conspiración.
Continuó revisando los documentos probatorios de la traición de Piar, al tiempo que recordaba la necesidad de haber firmado la orden de aprehensión para el general. Se encontró con una carta de su general Cedeño, fechada el 28 de setiembre, en la que relataba los pormenores del arresto de Piar en Aragua de Maturín: “…me fue preciso valerme de la fuerza y llevarlo, como un reo, a montarlo a caballo…”
Bolívar no cesaba de asombrarse ante la actitud de Piar al ser arrestado, al oponerse, incluso valiéndose de la fuerza. Que permitiera que se le tratara como un preso común, cuando fue un caballero.
Pero como la gota de agua que rebasa el borde del cántaro, lo que colmaba la paciencia de Bolívar eran las palabras de Piar durante el interrogatorio al que se le sometiera durante su juicio. Sus palabras ante el general Carlos Soublette expresaban su debilidad, al tratar de justificar su actitud durante el momento del arresto. Se resistió a seguir con el general Cedeño, pero que la resistencia no nacía de un principio de insubordinación, sino del temor que le inspiraba la proscripción publicada contra él, en un manifiesto dado por el Jefe Supremo en la Ciudad de Guayana.
Con un indisciplinado gesto, Simón Bolívar tiró la hoja que había estado leyendo. Se repatingó en la silla y colocando sus pies sobre la mesa, musitaba incoherentemente. Si alguno de sus colaboradores hubiese podido escucharlo, fácilmente habría pensado que su jefe estaba mal de la cabeza.
Pero en realidad, Bolívar recitaba de memoria el resumen de cargos en el juicio de la Corte Marcial que presidió el general Carlos Soublette, general de brigada de los ejércitos de la República y Jefe del Estado Mayor General. “No es un simple ambicioso, un mero conspirador, un miserable desertor. Es el genio del mal que escapado de la espantosa mansión de los crímenes ha venido a vomitar sobre la tierra, no sólo la guerra, ni el veneno de la discordia, ni la atroz desolación, sino la más odiosa, la más nefasta de todas las destrucciones. Piar ha querido armar la mano del hijo contra el padre, la del hermano contra el hermano y hasta la oveja contra su Pastor, contra los Ministros del Señor y Padres espirituales de los pueblos”.

Pared  de la catedral donde fusilaron a Piar
Pared de la catedral donde fusilaron a Piar

La campana de la Catedral, había ya repicado el cuarto para las cinco. La impaciencia había hecho presa del pensamiento de Bolívar. Su nerviosismo aumentó notablemente. De nuevo se levantó y comenzó a caminar enérgicamente de un lado a otro de la habitación.
De pronto se escuchó el redoble de los tambores y la fuerte voz del capitán de la guardia, formando a sus hombres. Los fusileros. Los encargados de cumplir la sentencia ejecutoria de Manuel Piar.
Bolívar se dirigió lentamente hacia la ventana central del cuarto que ocupaba, y con un solo movimiento de ambas manos, abrió de par en par el ventanal. En ese mismo instante divisó al capitán de la guardia, que miraba en dirección a su despacho. Sin vacilación alguna, Bolívar le hizo una seña, tras la cual el capitán de la guardia ordenó que se buscara al reo.
Bolívar regresó a su mesa y, removiendo entre los papeles que desordenaban su escritorio, tomó el documento que cerraba el capítulo final del juicio a Piar, que estaba rubricado con firma de su puño y letra: “Vista la sentencia pronunciada por el Concejo de Guerra de oficiales generales contra el general Manuel Piar, por los enormes crímenes de insubordinado, desertor, sedicioso y conspirador, he venido a confirmarla sin degradación”.
En la plaza Angostura reinaba un sepulcral silencio. Súbitamente se escuchó la voz del capitán de la guardia, que leía a Piar su sentencia. Este,  de pie y mirando al frente, escuchaba, mudo. Parecía muerto. El capitán retomó su posición junto a los fusileros y observaba a Bolívar, quién se encontraba de nuevo en el ventanal.

El fusilamiento
El fusilamiento

Los tambores redoblaban al unísono y, en el momento que sonaba la primera de las cinco campanadas, con una mano firma y ojos férreos fijos sobre la figura de Piar, Bolívar dio la seña al capitán quién al instante gritó la orden de dispara: “¡fuego!”
Bolívar permaneció inmóvil unos instantes en el sitio, mirando hacia el lugar de la ejecución. Su vista se perdía en el espacio. Al sonar la quinta campanada giró sobre sus talones, caminó hacia su mesa y con la convicción que caracterizaba al Libertador, inició el ordenamiento de su escritorio. Piar ya estaba muerto y él tenía mucho trabajo por delante. Quería llevar a cabo sus ideales: libertar la América toda, del yugo español.

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