Ojos espacialesLos autores de ciencia ficción se divierten inventando criaturas extraterrestres que siempre están dispuestas a acabar con la humanidad, bien sea por la violencia o con la burla e intolerancia, como muy bien lo escribió Frederick Brown en su obra Marciano, ¡vete a casa! En esta pequeña pieza, Ojos voladores, quise presentar al lector un par de alienígenas que alimentaban o recargaban su fuente de energía, con los líquidos oculares de los animales. En esta ocasión, le tocó a Felipe, después de beber cerveza con sus amigo. que lo disfruten.

Ojos voladores

Felipe llegó a su casa pasada la media noche. Había estado con unos amigos bebiendo cerveza y comentando el juego de béisbol. Una vez dentro de la casa, fue a la cocina y encontró en la nevera, como de costumbre, un plato envuelto en papel de aluminio: su cena. Su viejita lo cuidaba como si fuese un muchacho chiquito.

Comió rápido y sin hacer ruido para no despertarla, dejó los platos en el fregadero y los roció con agua para evitar las hormigas y chiripas. Subió a su habitación, la única en la planta alta; en realidad, un cuartucho que se había construido en el techo, se quitó la ropa y se echo en la cama, durmiéndose rápidamente.

Un suave murmullo le despertó. Venía de fuera. Era como el ruido generado por el cable de la electricidad, cuando estaba sobrecargado. Poco a poco, el mismo sonido le adormeció y continuó durmiendo sin soñar. De nuevo le despertó el murmullo. Dos esferas negras con un punto de luz azul palpitante orbitaban sobre su cama. Una de ellas se disparó y casi choca contra la pared en el extremo del cuarto, para regresar y continuar orbitándole junto con su compañera.

Felipe se preguntó qué serían aquellas cosas, de dónde vendrían, porque nunca jamás en su vida había visto cosa similar. Intentó hablar, pero la modorra le invadió el cuerpo y de nuevo cerro los ojos, mientras un pensamiento le invadía la mente. Estaba bajo del efectos del licor ingerido y estaba teniendo pesadillas.

De nuevo despertó, alertado por el zumbido, que había subido de tono un par de octavas y se hacía más agudo con cada revolución sobre su cabeza. Las luces azules comenzaron a pulsar y, de golpe, se hizo el silencio. Los ojos voladores detuvieron su vuelo y enfocaron los dos palpitantes puntos de luz directamente a los ojos de Felipe, quien sintió como si le estuvieran pinchando el cerebro con millares de agujas. Luego, un par de rayos rojos, brillantes y chisporreteantes, salieron disparados de aquellos objetos e impactaron las pupilas de Felipe. Pocos segundo después. Los rayos rojos desaparecieron y después de haber recargado combustible, las dos pequeñas naves espaciales, regresaron por donde habían venido.

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