Galaxia llana NGC 3621
Galaxia llana NGC 3621

Cuando comencé a escribir ciencia ficción, lo hice en forma de cuentos cortos, de rápida resolución. No había tanto ciencia como sí ficción, pero ya tenía las intenciones de desarrollarme en el género. He aquí, uno de los primeros.

Buriel

El sol brilla anaranjado, al final de la tarde, ocultándose tras las montañas, mientras un caudaloso torrente de agua, rompe la armonía natural, que se produce durante el ocaso. Buriel acechaba cacería que sirviera de alimento a los suyos, oculto en la espesa vegetación que cubre la orilla del río.

En su tribu, es considerado como el mejor cazador y el más temido, en gran parte por su habilidad con dos grandes y afilados cuchillos que siempre lleva colgados de sus muslos. Buriel también ejerce la jefatura de la tribu, con la misma agilidad y certeza con la que desarrolla una cacería.

La intensidad de la luz disminuyó hasta oscurecer el cielo, en medio de un silencio sepulcral, en el que incluso los sonidos normales de la naturaleza estaban ausente en este fatídico atardecer. Buriel miró hacia arriba y espantado, se quedó inmóvil. Jamás en su existencia, había visto tal fenómeno. Millares de resplandecientes objetos, flotaban silenciosamente en el aire, acercándose cada vez más, a la superficie del planeta.

Mientras Buriel empleaba todas sus energías, en correr hacia su campamento, cientos de naves hicieron contacto con la superficie del planeta, levantando una gran polvareda. Antes que esta se asentara, de cada objetos descendían miles de hombres acorazados, armados con poderosos rayos, destruyendo todo a su paso. Ya cerca del campamento, Buriel pudo observar que la defensa era un fútil intento por impedir que los invasores llegaran a las cuevas, en las que se refugiaban mujeres, niños y ancianos. La masacre era despiadada. La civilización de este planeta, aún no desarrollaba tecnología alguna. Vivían en un estado primitivo y sus únicas armas eran cuchillos, lanzas, palos y piedras.

Al llegar al campo de batalla, Buriel dirigió su ataque hacia un gran guerrero que sobresalía de los demás, no solo por su tamaño, sino por su ferocidad. Al cercarse a su victima, Buriel disparó una lanza que golpeo al guerrero en el pecho, rebotando sin causarle daño alguno. Luego tomó fuertemente sus cuchillos, y de un gran salto se colocó frente al guerrero. Este, sin demora alguna, respondió al reto abrazando con fuerza a Buriel. De la coraza metálica del invasor, salieron afiladas púas, que penetraron sin resistencia alguna, en el cuerpo de Buriel. Con sobrehumano esfuerzo, Buriel dejó escapar un pavoroso grito de guerra al tiempo que hundía sus armas en los ojos del invasor, causándole la muerte inmediata.

La sangre de Buriel, regó la tierra por la que lucharon y murieron tantos, en un desesperado intento por preservar la especie.

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